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Mauricio Rosencof
Uruguay
Pérgola nipona
“No te pienses, Crencha, que sos el único que puede hilvanar una pérgola”. “Lo sé”, me dijo, “Jesús tiene unas cuantas: la del grano de anís, por ejemplo. La del hijo prodigio”.
Entonces yo “entro” y le aclaro que el grano de mostaza y el hijo, pródigo. Sonríe, sobrador, y me corrige: “No se dice pérgola, Ruso; se dice parábola”.
“¿Tenés alguna?”, pregunta. “Una”, respondo. “Por lo menos”. “Con una da”, contesta. “Dale”, ordena. Y yo le doy:
Hace una punta de años vi una película de Akira Kurosawa. Se llamaba “Vivir”. Empieza cuando un veterano, burócrata municipal, se viste delante del médico que, placa en mano, sentencia, como quien no quiere la cosa: “le quedan seis meses”.
El hombre, solitario y ya vencido, medita lo vivido mientras trilla las calles de Tokio (digo yo que era Tokio). Repasa su vida, lo hecho, lo no, lo deshecho. Y ahí se da cuenta que lo que deja no es mucho, que lo hecho está y que bien vendría dejar algo más, algo que lo justifique un poquito o un mucho más. Algo que esté a su alcance y que en seis meses pueda convertirse de intención en hecho.
Entonces se acuerda que en su oficina tiene en un cajón un expediente, una solicitud de un barrio humilde, una villa miseria japonesa, cuyo vecindario pide para la gurisada un parque infantil. Entonces, antes de ir al otro cajón va al burocrático y desempolva la solicitud y comienza su odisea kafkiana contra la burocracia y contra el reloj, día tras día, mes tras mes, que le quedan pocos.
Hasta que un día logra que el intendente le firme el “hágase” y él sonríe. Pero no para, porque comienza otro trámite, “el de que se haga” y finalmente también lo logra y se le da. La placita está ahí, humilde pero enterita, con hamacas y toboganes, pastito y una fuente. Al día siguiente se va a inaugurar. La va a inaugurar –por supuesto- el intendente. Pero esa noche de víspera y nevada, es toda suya, y va y se sienta en el columpio y lentamente se balancea mientras entona bajito una canción de sus días de niño.
“Eso es todo”, le dije al Crencha y volví a cebar. “¿La salud?”, pregunta. “Salvo tres o cuatro problemas, el resto es un tiro”. “Bien”, dijo. Y agregó:
-La pérgola tiene, como Rashomon, tres interpretaciones. Que el tipo cae en el pecado de la filantropía de puro gil; que su acción es negativa porque colabora con el gobierno municipal y lo que hay que marcar es su ineficiencia.
-Y la tercera? –pregunto.
-La tercera, Ruso, es la placita. Y en esa, vos sabés, yo también me anoto.
Nota del autor: El Crencha es un personaje real inspirado en mi entrañable amigo “el Manso”, que se comió una punta de años en cana por tupa, condición que conserva como el que suscribe; hoy es dirigente sindical y galguea la olla.
– Tomado de “Cajón de sastre”. Son artículos de actualidad publicados en el diario La República de Montevideo.
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